Discusiones sí, pero en privado

Las peleas maritales son inevitables pero si se hacen con respeto y sin violencia pueden ayudar a los chicos a resolver conflictos.

En la familia Rivera, como sucede en muchos hogares, se discutía con alguna frecuencia. Las discusiones, que al principio fueron relativamente mesuradas, poco a poco empezaron a salirse de cauce y alcanzaron un punto insostenible cuando Natalia, de 8 años, quien hasta entonces había sido alegre y estudiosa, empezó a mostrar problemas de conducta en la escuela. Sus padres se culpaban el uno al otro del problema y comenzaron a pelear aún con más frecuencia y menos control cada vez que llamaban de la escuela pidiéndoles que vinieran a buscar a la niña porque lloraba sin razón o se quejaba de dolores de estómago y de cabeza.

Como el matrimonio Rivera, son muchas las parejas que se ven ahogadas en un círculo vicioso de peleas  del que no saben cómo salir y que muchas veces perjudica a los niños. Al  tema de las discusiones familiares rara vez se le da la importancia que tiene, sobre todo entre los hispanos por aquello de que "la ropa sucia se lava en casa".

"Los padres de Natalia no eran conscientes del daño que sus peleas le hacían a la niña", explica la sicoterapeuta Roxana Korb, C.S.W., directora del Departamento de Salud Mental del Jamaica Hospital Medical Center, en Nueva York, quien trató el caso. "Por medio de terapia descubrimos que su temor era causado por la manera como el padre gritaba y manoteaba cuando discutía con la madre".

Los sicólogos coinciden en que las discusiones de las parejas frente a los hijos han aumentado mucho en los últimos tiempos. "La norma se ha vuelto el abuso verbal y pocas veces los padres buscan ayuda antes de que los niños se vean afectados", asegura el siquiatra Fermín González, M.D., jefe del Departamento de Siquiatría de Niños y Adolescentes del Jamaica Hospital Medial Center, en Nueva York.

    Consecuencias profundas

    Los expertos consultados coinciden en que entre el 50 y el 75 por ciento de los niños hispanos que asisten a sicoterapia lo hacen porque están trastornados directamente por las discusiones familiares y no por problemas de aprendizaje o conducta. "El principal efecto es la depresión. Es el que con menos frecuencia se reconoce y acepta, y está perjudicando a los niños socialmente y en su función académica", explica González.

    Por su parte, el doctor Ismael García Cedillo, terapeuta que antes trabajaba en el Latin American Health Institute, de Boston, explica que en lo inmediato, y dependiendo de lo fuerte de las peleas, los niños experimentan un miedo intolerablemente intenso, pues ven cómo dos adultos a los que quieren se lastiman. "Si las riñas son frecuentes, los niños aprenden a 'olvidarse' de su terror. Parecería entonces que se acostumbran a las peleas, que ya no les dan importancia, pero no es así. Están congelando sus sentimientos, para no sufrir tanto", dice García.

    En el mediano plazo los niños aprenden un modelo de relación de pareja que casi inevitablemente van a repetir en sus vidas adultas. Por otro lado, tienden a desarrollar poca autoestima, consecuencia de que sus padres no los consideraron lo suficientemente importantes y no trataron de evitarles el espectáculo de sus riñas. "Pero lo más importante es que no aprenden a amar", concluye el doctor García.

    Más allá de las diferencias étnicas los padres suelen tener el mismo problema: encontrar el equilibrio emocional en la vida diaria o a la hora de disciplinar a sus hijos. "El problema se ve incrementado en esta sociedad, en donde la madre sale a trabajar para que la familia pueda tener un mejor nivel de vida", dice Korb. "Las exigencias de esta época para con los chicos hace muy difícil mantener el equilibrio emocional en la familia. Pero eso es válido para todos. No se puede decir que los hispanos discuten más".

    Como existe siempre el peligro de que las discusiones se salgan de cauce y se vuelvan demasiado intensas y frecuentes, los padres deberán siempre mantenerse atentos al comportamiento de sus hijos, ya que muchas veces los niños nos envían señales de advertencia sin usar palabras.

    "Cuando vemos que nuestros hijos empiezan a tener problemas en alguna fase de su vida, si por ejemplo el niño cambia de comportamiento en la escuela o con los amigos, si antes era alegre y ahora está retraído, miedoso o no quiere ir a la escuela y se muestra cansado, la pareja debe buscar ayuda enseguida", advierte Korb.

    Algunas veces las señales son muy claras, otras no lo son tanto y hay niños que simplemente no presentan ningún síntoma. Pero siempre hay un efecto, y el impacto será mayor mientras más años haya estado el niño expuesto a las discusiones de sus padres. El problema, no es tanto que las parejas discutan—ya que es normal—sino la forma en que lo hacen. Según los terapeutas, las discusiones son inevitables e incluso a veces necesarias, pero recalcan que, y en esto son intransigentes, tienen que darse en privado y nunca delante de los niños. Si los hijos no presencian la discusión, no se les debe enterar de lo sucedido, aconsejan los expertos. Sin embargo, si hay tensión en la casa y los niños se muestran incómodos, es mejor hablarles.

    "Siempre es necesario hablarles, pero de acuerdo con su edad, pues hay temas espinosos de los que a cierta edad ellos no tienen por qué enterarse", advierte Maritza Jiménez, trabajadora social y terapeuta del Center for Family Life, de Brooklyn, Nueva York. Si la discusión no se resuelve, los terapeutas recomiendan hablar con el niño y decirle algo como: "Mira, hijo(a), yo quiero a tu mamá (a tu papá). Estamos juntos pero todo el mundo tiene dificultades de vez en cuando. Discutimos pero eso se va a resolver. No te preocupes ya que tú no eres culpable".

    Cuando el problema tiene que ver con el niño, dicen los expertos, hay que resolverlo antes y no delante de él, y luego decirle algo como: "Tu padre y yo hemos hablado y hemos decidido que ...". Lo importante es que haya un frente unido que fortalezca el papel de los padres frente al chico. Como muchos otros terapeutas, Jiménez considera que las discusiones no deben convertirse en tragedias y que en cambio debe sacarse provecho de ellas.

    Por tradición al latino no le gusta hacer terapia familiar, aunque según los expertos consultados los hispanos se acercan cada vez más a buscar ayuda, no sólo porque ahora están más informados sobre temas de salud sino porque hay más acceso a profesionales bilingües. "Con Natalia tuvimos resultados muy positivos gracias a que los padres buscaron ayuda a tiempo y aprendieron a discutir", explica la doctora Korb.

    Las terapias son sesiones individuales o de grupo que duran cerca de una hora, en las que el profesional sirve de puente de comunicación entre los miembros de la familia para ayudarles a hablar a fondo de su problema y entenderlo; de esta forma les permite encontrar una solución. Para que la terapia funcione, deberán involucrarse todos los miembros de la familia que estén afectados.

    "A los niños que se enteran de que sus padres están tratando de resolver los problemas, la terapia les ayuda y los hace sentir seguros. Los niños de padres que asisten a terapia son precisamente aquéllos que mejoran. Lamentablemente, muchas veces los pequeños reciben demasiado tarde las terapias debido a que los padres no eran conscientes del problema. Los efectos no se reconocen a tiempo y cuando se va a tratar a los niños el único recurso es la medicina siquiátrica", afirma el doctor González.

    Finalmente, para que la pareja llegue a un entendimiento debe ante todo tratar de comunicarse con respeto, dicen los sicólogos; los padres tienen que tener claridad sobre cuáles son los espacios comunes y cuáles los individuales, y esto es algo que pueden lograr sólo dos personas muy comprometidas la una con la otra. "El paraíso doméstico no existe. La realidad es muy diferente y evitar todas las discusiones es imposible", dice el doctor González. "Más allá de todo esto, la clave es saber cómo discutir. Las discusiones no necesariamente deben influenciar mal al niño. Si él observa que hay amor, que los padres saben discutir sin faltarse al respeto, sin usar palabras fuertes y, lo más importante, sin violencia, va a extraer de allí una experiencia positiva y va a resolver con más facilidad sus propios conflictos cuando sea mayor o adulto", concluye el experto.