Todos los años, tres hermanos, dos cuñados, cinco sobrinos y tres perros llegan a Tampa, Florida, para celebrar la Navidad en grande con Ana Vargas y el resto de su familia. Como los visitantes viven en ciudades y países lejanos, se alojan con parientes durante varios días. Para mantener la cordura, crear un ambiente alegre y asegurarse de que todos estén cómodos, Vargas y su madre se alistan con tiempo: cocinan y congelan varias comidas, planean una excursión diaria para la estadía y preparan camas inflables para todos. "Así lo pasamos de lo más bien y no nos volvemos locos", explica Vargas, quien con los años ha aprendido a prepararse para el evento.
La experiencia de Vargas no es un caso aislado en la comunidad hispana sino más bien característico. En una cultura que celebra el refrán "Mi casa es tu casa", luce inconcebible enviar a familiares o amigos íntimos a alojarse en un hotel durante las minivacaciones navideñas y festivas de fin de año, momento en que la tradición obliga a abrir los brazos y las puertas del hogar.
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